La economía real en alerta: cuando las fábricas se apagan

Cuando una empresa baja la persiana, no sólo se apaga una línea de producción; se interrumpe una cadena de proveedores, comercios y economías regionales que dependen de ella.

En la discusión económica argentina suele hablarse en abstracto: déficit, reservas, riesgo país, tasas. Pero hay un indicador mucho más concreto -y más brutal- para medir el rumbo de un modelo económico: cuántas fábricas producen y cuántas cierran. Ese termómetro hoy marca fiebre.

En los últimos meses se acumulan señales que no pueden leerse como episodios aislados sino como síntomas de un mismo cuadro: caída del consumo interno, apertura comercial acelerada y un mercado doméstico que pierde capacidad de absorber producción nacional. Cuando una empresa suspende trabajadores o baja la persiana, no sólo se apaga una línea de producción; se interrumpe una cadena de proveedores, comercios y economías regionales que dependen de ella.

El caso de la industria manufacturera es especialmente sensible. Sectores como alimentos, neumáticos o bienes de consumo masivo dependen casi exclusivamente del mercado interno. Cuando el poder adquisitivo cae, esas empresas no tienen margen para compensar con exportaciones. El resultado es conocido: suspensiones, retiros voluntarios, reducción de turnos y, en el peor escenario, cierres definitivos.

Quienes defienden el actual esquema sostienen que se trata de un “reordenamiento” necesario para eliminar distorsiones y ganar competitividad. El problema es el tiempo económico versus el tiempo social. Las teorías de eficiencia pueden ser correctas en el largo plazo, pero los salarios, los alquileres y los costos operativos se pagan en el corto. Y es en ese corto plazo donde se define si una empresa sobrevive o desaparece.

La apertura importadora, por su parte, actúa como un acelerador del proceso. En economías desarrolladas puede ser un incentivo a la innovación; en economías con costos financieros altos y mercado interno debilitado, puede transformarse en una presión imposible de sostener. No se trata de discutir apertura sí o no, sino velocidad y condiciones. Abrir sin financiamiento productivo y sin demanda interna es como pedirle a un boxeador que compita con una mano atada.

El impacto trasciende lo empresarial. Cada cierre implica menos empleo formal, menor recaudación fiscal y mayor presión sobre el sistema social. Es un círculo que se retroalimenta: menos producción genera menos ingresos, y menos ingresos reducen aún más el consumo.
La historia económica argentina muestra que los modelos que descuidan el tejido productivo suelen pagar un costo político alto. No porque las empresas sean un fin en sí mismo, sino porque son el vehículo del trabajo y del desarrollo. Sin producción no hay salarios, sin salarios no hay consumo y sin consumo no hay mercado.

La discusión de fondo no es ideológica sino estratégica: qué tipo de estructura económica se quiere construir.

Una basada principalmente en importación y servicios financieros, o una que combine estabilidad macro con un entramado industrial activo.

Los números macro pueden mejorar y aun así la economía real deteriorarse. Y cuando eso ocurre, la sociedad tarde o temprano lo siente. Porque los índices pueden maquillarse; las persianas bajas, no.

Por Gustavo Mendelovich

Baenegocios.com