Hay una Mendoza que no aparece en los títulos periodísticos. Una historia de resistencia cultural que se escribió en las calles, en los micros, en las escuelas.
Jorge Cuello es parte de esa historia: músico, pedagogo, militante del arte popular. A los 72 años sigue tocando, sigue caminando, sigue creyendo que lo colectivo puede salvarnos.
Jorge Cuello es la banda sonora de las causas justas. Un juglar de los tiempos difíciles y de las batallas que el pueblo ganó sin grandes titulares. Quien mire Mendoza solo desde los resultados electorales debería sentarse a tomar unos mates con él: hay una historia de resistencia que no contaron los diarios y que Jorge vio escribirse en las calles y a la que le puso música.
A las tres de la tarde, la hora acordada, Jorge nos espera en la vereda con una sonrisa y un abrazo. Entramos por un pasillo y luego subimos hasta la cima de un monoblock. El barrio es popular y antiguo, con calles sombreadas por tipas, olmos y moreras, con murales y manifiestos de hinchadas en las medianeras. Su casa se distingue porque tiene los colores de la Wiphala, la bandera andina que representa la tierra y la abundancia natural: puertas, paredes y cortinas combinan rojos y verdes. En el comedor, una mesa redonda, una radio, un modular, no mucho más. La sencillez de Jorge está también en el espacio que habita. En una pared, una foto con sus cuatro hijos; en otra, un recuerdo de una gira por Ecuador y el parche de un bombo con la inscripción ALTURAS.

—El Negro Ábalo tenía una opinión bastante acertada —dice Jorge—. Decía: “Mendoza es considerada una provincia gansa, de derecha, muy conservadora; sin embargo, siempre hubo expresiones progresistas importantes. Ahí están Tejada Gómez, Marziali, Carlos Alonso… El propio Ejército Libertador nació acá. Cuando decimos que Mendoza es una provincia conservadora, le estamos cediendo el terreno a la derecha. Nos han vendido esa imagen durante años, pero en Mendoza hay muchos afluentes de gente con ideas progresistas que ha hecho cosas muy lindas. Desde Fernando Barrientos hasta Leonardo Favio, la historia demuestra que hubo y hay personas que han luchado mucho y se convirtieron en verdaderos referentes”.
Jorge nació en Mendoza en 1953. Vivió su niñez y adolescencia en la casa de su abuela, al costado del Parque San Martín. La vivienda tipo chorizo de la calle Luzuriaga albergaba seis familias. A los 13 años, su vecino, Tito Barrientos —abuelo del músico Fernando Barrientos—, le enseñó a tocar la guitarra. Con lo que aprendió de él empezó a juntarse con amigos del barrio a tocar en la esquina. Después vino la colimba, el trabajo en un taller metalúrgico donde fabricaba máquinas hormigoneras y el deseo de vivir de la música y viajar, aunque no había dinero. Hasta que, en 1977, en plena dictadura, un festival le abrió una puerta inesperada.
Amauta

—En el 77 se organizó un festival en Potrerillos, en un hotel que se llamaba Cariño Botao, y nos invitaron a tocar —recuerda Jorge—. En ese encuentro conocí a Roberto Tristán y a Camilo Jiménez y me invitaron a sumarme a Amauta.
Amauta se había formado en Mendoza en 1975 con músicos chilenos exiliados e influenciados por la Nueva Canción. Sostener cualquier proyecto cultural era complicado en un contexto cada vez más hostil. Cuando Jorge los conoció, el grupo estaba volviendo a armarse. La dictadura asediaba todas las actividades culturales, clausuraba espacios, perseguía y hacía desaparecer militantes del arte.
—Me fascinó su música, los instrumentos que tenían y lo que significaba la música como resistencia —dice Jorge—. Aprendí el oficio de la música andina —charango, quena, sikus— con ellos. Fue mi escuela de música andina.

El lenguaje de Amauta provenía del rescate de expresiones precolombinas y del diálogo con otras corrientes: música celta, ritmos africanos. Representaban la tensión entre lo tradicional y lo renovador, entre la identidad andina y la experimentación. Esa tensión era también política: recuperar una memoria latinoamericana que el régimen militar quería borrar.
Jorge fue parte de Amauta desde 1978 hasta 1985. Años de aprendizaje musical, pero también de formación política. Cuando llegó la democracia en 1983, Jorge ya no era el obrero metalúrgico que tocaba la guitarra en las esquinas del barrio. Era un músico con una convicción clara: el arte no puede estar separado de la vida del pueblo.
El renovatorio

La vuelta de la democracia llegó con una efervescencia que se expresaba en la irrupción de grupos artísticos con ideas nuevas y ganas de transformar el paisaje gris que había impuesto la dictadura. Jorge y otros músicos jóvenes tenían energía y un deseo urgente: sacar la música a la calle.
—Pedimos autorización para armar la comisión juvenil del sindicato de músicos —cuenta Jorge—. El sindicato estaba desorganizado, a veces intervenido; era como un club viejo. Nosotros teníamos la idea de manifestar en la calle, aprovechando esa efervescencia popular.

Así nació La Batucada. Todos los sábados salían con tambores a marchar por las calles céntricas de Mendoza, con carteles defendiendo la cultura nacional, la expresión, el fin de la censura. Los carteles eran precarios, hechos a mano, pero el gesto era contundente.
—Al principio, los negocios cerraban las puertas cuando nos veían venir —recuerda Jorge—. La gente en esa época tenía miedo a todo.
La imagen refleja el momento: una batucada de jóvenes músicos marchando con tambores y pancartas, y comerciantes bajando las persianas metálicas por temor. El miedo de la dictadura todavía habitaba las calles. Cada sábado se paraban en pleno centro y hacían un discurso sobre las reivindicaciones de los músicos y la necesidad de un movimiento latinoamericanista de cultura.

De allí surgiría luego el Taller Argentino de Música Popular (TAM). Un espacio para propuestas artísticas diferentes, vinculadas al momento que se vivía. Músicos, actores, artesanos, escritores, fotógrafos debatían y se preguntaban, por ejemplo: ¿qué es la música popular?
—La parte más graciosa es que era una pregunta muy amplia, como preguntarte qué es la vida —recuerda entre risas Jorge—. Hicimos un taller dentro del taller, un espacio teórico para definir y hacer un manifiesto de la música popular. Hacíamos dos reuniones de dos horas por semana, investigamos el origen del tango, el jazz, el folclore argentino y chileno, la música africana…
Lo más cercano a una definición fue entender que la música popular es un lenguaje en permanente cambio, sin forma definida, donde todas las expresiones pueden entrar. “Es la música que habla de la necesidad de la gente, del pueblo, y con la que la gente se siente identificada —resume Jorge—. A veces te gusta, a veces no: desde Silvio Rodríguez hasta la música villera, pero es parte de lo que la gente crea de forma popular.”

Del debate teórico pasaron a la acción. El TAM desarrolló talleres abiertos con una metodología propia.
—Decíamos que no éramos un conservatorio, sino un renovatorio musical —recuerda Jorge.
La palabra causó revuelo en las instituciones oficiales. Hasta la Facultad de Artes de la UNCuyo los citó para saber qué estaban haciendo.
La propuesta era simple pero contundente. Llegaban a un lugar y se presentaban de forma caótica: hablando todos al mismo tiempo, interrumpiéndose, pero siempre de manera musical. Luego, con los participantes, creaban canciones colectivas a partir de una frase. “Les mostrábamos que, si podían cambiar una canción entre todos, también podían cambiar la sociedad”, explica Jorge. Aquel renovatorio no tuvo una larga continuidad, pero dejó una semilla pedagógica que Jorge seguiría cultivando.
El TAM también dejó una convicción: orientar ese lenguaje hacia la belleza, rescatar lo que hace crecer a la sociedad, lo que da posibilidad de ser más solidarios, más humanos, de integrar a los marginados.
Herramienta de la gente

En 1986, después de ocho años con Amauta, Jorge fundó un nuevo proyecto: Alturas. La experiencia, el conocimiento musical y las convicciones acumuladas dieron forma a esta propuesta. La música andina seguía siendo el lenguaje, pero los escenarios convencionales dejaron de ser el objetivo.
—Pasamos de tocar solo en teatros, con todas las condiciones óptimas, a tocar en villas, comedores y, sobre todo, en las marchas —recuerda Jorge.
El grupo armó un ciclo llamado Canto y música de los pueblos americanos, herramienta de la gente. El nombre ya era un manifiesto. La propuesta resonó rápido. ATE, el sindicato de empleados públicos que atravesaba un recambio en la conducción, comenzó a llamarlos. Cada vez que había una protesta, ahí estaban con bombos, charangos, quenas, sikus. La música andina se volvió parte inseparable de la lucha sindical.
El repertorio también se transformó. Silvio Rodríguez, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara: canciones populares que hablaban de dignidad, de resistencia, de esperanza. Jorge había encontrado lo que buscaba, la música en las calles al servicio de quien la necesitara.
El poder de la música

Hubo distintas formaciones, instrumentos y sonidos, pero la calle siguió siendo su escenario natural: las marchas, las fiestas comunitarias, las radios abiertas, la vigilia del 24 de marzo, la ronda de las Madres. Y también los micros.
Con los años esta estrategia fue ocupando un lugar importante en el desafío de sostener el arte. Subir con los instrumentos, pedir permiso, cantar durante el recorrido, pasar la gorra. Esos escenarios se volvieron cotidianos. Y en ellos, Jorge ha recibido gestos que lo marcaron para siempre.
Una tarde, en un micro rumbo a La Favorita, donde no cabía un alma, un muchacho con mirada desafiante —“un malandra”, dice Jorge—, que se había atrincherado en el escalón de la puerta trasera, se conmovió con su canto y le regaló una moneda cubana con la cara del Che, su amuleto. “Era lo de más valor que tenía. Esas cosas son muy fuertes”, recuerda.
Otra mañana, mientras interpretaba Las manos de mi madre, una mujer mayor que viajaba en el primer asiento rompió en llanto y le abrazó la pierna. “Cuando la música produce eso en la gente, es muy poderoso.”
Como un médico que lleva a sus pacientes su saber y sus medicinas, Jorge siente que la música también puede aliviar un dolor, ser una caricia para quien padece. “Lo suelo hacer con personas de la calle, que uno ve que están sufriendo.” La música, dice, es para quien la necesite.
Los conciertos didácticos

Corría el año 1992. La conmemoración de los cinco siglos del “descubrimiento” de América ponía en tensión el relato institucional —reproducido por los grandes medios— y las voces que denunciaban que esa fecha marcaba el inicio del mayor genocidio del continente. En Mendoza, un grupo de docentes debatía y generaba actividades para rescatar la memoria de los pueblos originarios.
—Nos preguntaron si podíamos llevar una muestra de instrumentos a las escuelas —recuerda Jorge—. Hicimos una prueba en un CEBJA de Puente de Hierro, con dos docentes evaluándonos. Salió tan bien que empezamos a ir a más escuelas.
El concierto didáctico era un pequeño taller sensorial. Jorge y sus compañeros llegaban con instrumentos de los pueblos originarios, hablaban de su historia, mostraban cómo estaban construidos y los hacían sonar. Los chicos podían tocarlos, sentir la vibración, descubrir texturas y sonidos borrados por la educación oficial. Cada presentación incluía un folleto con dibujos y explicaciones para seguir aprendiendo.

Pero aquel arranque auspicioso no tardó en encontrarse con un freno. Cuando la Dirección General de Escuelas conoció la propuesta, cuestionó su metodología poco convencional y ordenó suspenderla. Lejos de bajar los brazos, el grupo buscó avales, reformuló algunos puntos y llevó el proyecto a la Legislatura provincial, al Senado de la Nación y a la sede de la Unesco. En 1994 obtuvo la declaración de interés nacional; luego llegó el reconocimiento del organismo internacional y, finalmente, el de la propia provincia.
—Cuando presentamos el proyecto en el Senado de Mendoza les pregunté a los legisladores: “Ustedes, que pasaron por tres niveles de educación, ¿saben qué es la trutruca?” Se miraban como diciendo: “¿En qué idioma habla este tipo?” Es el único instrumento que se sabe que usaban los huarpes. Por eso es necesario llevar este concierto-taller a las escuelas —recuerda Jorge como síntesis de aquel proceso.
A lo largo de su recorrido, el proyecto llegó a más de 1.500 escuelas de Mendoza, San Luis, La Rioja y Buenos Aires. En 2015 el trabajo les valió una invitación del gobierno de Ecuador a la Primera Cumbre Mundial en Defensa de la Madre Tierra, y participaron en un concierto para unas 80 mil personas en la Plaza Grande de Quito.
Que sea de todos

Con 72 años, Jorge camina cada mañana desde su casa hasta la plaza de Godoy Cruz. Son unas cuarenta cuadras que recorre como quien afina el cuerpo antes de tocar. Esa caminata marca el inicio de su jornada de micros. En los recorridos donde no suelen aparecer los inspectores, ofrece canciones y recoge lo que la gente quiera dejar en la funda del instrumento. Como en aquella canción del Negro Rada: “Toma de mi mano todo lo que quieras, dame de tu mano todo lo que puedas”.
Mientras tanto, por vías paralelas, Alturas sigue sonando y acompañando las luchas. Jorge cuenta con humor:
—Las agrupaciones y los sindicatos ya cuentan conmigo. Me mandan un mensaje y me dicen: “Tenés que estar en tal lugar”.
Por el grupo pasaron 45 músicos —Jorge lleva el registro con un orgullo suave—, entre ellos Inti, su primer hijo, percusionista, y Mauco, el segundo, que empezó como asistente y terminó como bajista. “Autodidacta, rebelde, buen músico. Hace veinte años que entró, y a veces siento que es más de la banda que yo.”
Hace poco tiempo, la familia atravesó un momento difícil cuando Mauco fue víctima de un ataque violento que lo dejó en estado grave. Tras su recuperación, a comienzos de noviembre, Alturas volvió a tocar. Organizaron un concierto llamado “Infancias por la paz”, en el que los chicos participaron con mensajes y dibujos que luego se difundieron en las redes del grupo.
—Lo más importante es conservar el concepto: que lo colectivo nos puede salvar —dice Jorge—. En estos conciertos no cobramos entradas; vendemos un bono contribución y sorteamos un libro. Con poquito, entre todos, construimos algo. Es la forma de que el proyecto no sea nuestro ni mío: que sea de todos.
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